jueves, enero 20, 2011

Un experimento

Después de largas cavilaciones, decidió utilizar las tablillas para hacer un refugio. Situado al lado del camino, el refugio enseguida empezó a llamar la atención. Un día un hombre llamó a su puerta, ofreciéndole un jugoso contrato a cambio de la construcción de primorosos refugios que serían utilizados para alojar a turistas. Fue entonces cuando tuvo la corazonada de que debía ahuecar el ala cuanto antes: no era posible que intentaran hacer pasar su choza, ante personas que hasta podrían ser sus parientes, por alojamientos de lujo cuando en realidad eran calabozos. Con la certeza de que la firma de este contrato le convertiría a él más que nunca en prisionero de su propia vergüenza, dejó a la masa de tablillas y al contratante con un palmo de narices, y se lanzó al camino. No sabía el purgatorio que le esperaba, como tampoco sabía el raro y fascinante lugar al que le llevaría.
Pero no fue el suyo un camino épico, ni mucho menos. Su camino empezó con una gran idiotez. Intentando ser delicado, desencadenó un asunto de enorme gravedad. Cuando seguía un sendero en una intrincada masa de árboles, al llegar a un claro se topó con un concierto. Para su sorpresa, el ejecutante estrella era un pulpo. O eso parecía: no se podía estar seguros, puesto que los pulpos sólo pueden respirar bajo el agua y a este no parecía molestarle estar fuera de ella, en ese escenario en medio del bosque. El lleno era colosal. Más tarde averiguaría que se trataba de un concurso para elegir al trovador que se encargaría del hilo musical del bosque el siguiente año. El pulpo era un profesional muy reputado por aquellas tierras, pero su sensibilidad no le permitía ver en la melodía del pulpo más que gorgoteos, golpes y chirridos temibles. Argumentando esto a quien tenía al lado, no tardó en causar un gran revuelo. ¿Quién era el que con sus remilgos pretendía desprestigiar al maestro pulpo?
Y fue así como, por culpa de la intolerancia a la crítica de aquellas gentes, nuestro héroe se vio condenado a ser lanzado desde una terraza, yendo a dar al más fangoso de los caminos de esta tierra.
Con el fango hasta las rodillas, caminó largamente sintiendo frío, y acordándose de la grata calefacción y del caldo de su hogar materno, que en su día consideraba una simple engañifa, agua tintada, y que hoy se le antojaba exquisito. El fango parecía no tener fin, y la idea de que alguien, milagrosamente, viniera a rescatarlo, se le hacía tan ajena que casi le hacía reír. El hambre y el frío le hacían tener pensamientos alucinados, hasta que se convenció de que, si hacía un simulacro de paso a otro mundo dorado y cálido, en el que una mano amiga tirase de él desde otra dimensión, lograría salir de ese calvario. La curiosidad, al tiempo escéptica y esperanzada, le hizo probar su simulacro, que llevó a cabo con grandes aspavientos. Cuál no sería su sorpresa cuando, al extender la mano con toda la fuerza de su espíritu, ésta encontró un asidero y se vio a sí mismo en una verde pradera bañada por el sol de los primeros días de verano, junto a una mesa sencillamente dispuesta con un mantel a cuadros y deliciosas viandas para su disfrute. Junto a él, estaba el artífice de tal milagro: el dinamarqués del trombón, rubicundo y afable, siempre con su alegre instrumento de viento a cuestas. Fue, de hecho, en una de las idas y venidas de las varas de su trombón, que éstas coincidieron con la ansiosa mano de nuestro sufrido protagonista. Conversando animadamente con el trombonista dinamarqués, pronto fue dando cuenta de los panecillos dorados que cubrían la mesa, de las negras aceitunas y los rojos tomates, de los ricos aguacates y del zumo de arándanos.
Pronto hizo migas con el dinamarqués. Y más cuando éste le contó la curiosa historia en la que un encuadernador desenterró un mojón en China, para darse cuenta de que éste no era más que la puerta de entrada de un túnel que llevaba al Capitolio. Como él mismo, el dinamarqués era un desterrado: sus nudillos hinchados por naturaleza habían hecho desconfiar a su comunidad, que decidió atarle con una cuerda a un enorme globo, con la idea de que se lo llevase el viento muy lejos. No obstante, la jugada les había salido mal, puesto que pretendiendo castigarle le habían hecho llegar a una paradisíaca tierra de abundancia.
Pero, al igual que él, el dinamarqués era un espíritu inquieto. Por su larga estancia en la pradera, sabía que cada tantas semanas la marea subía tanto que la orilla del mar llegaba hasta donde estaban sentados ahora mismo. Su idea era realizar una extensa investigación en alta mar, aprovechando para embarcarse una de las mareas altas. Sin embargo, no podía hacerlo sólo: necesitaba un ayudante o, más que eso, un socio, un cómplice. Fue entonces cuando le propuso acompañarle, por un azaroso viaje que les llevaría a un estrecho continente, tan estrecho que sus habitantes nunca podían estar a sus anchas.
Pero eso es otra historia.