Acabo de desempolvar ésto que escribí hace ya un año, y me lo pongo aquí a modo de recordatorio de cómo escribir desde el entusiasmo. El mejor sitio desde el que se puede escribir.
Tom Zé astronauta liberado, de Igor Iglesias
Hay que ir a ver Tom Zé astronauta liberado. Esta es una afirmación tajante y categórica, y lo es porque es un milagro ver cómo Tom Zé, simplemente, existe. Para quien esté familiarizado con el brasileño, será un placer reencontrarse con él. Para quien no lo conozca, decir que Igor Iglesias dio justo en el blanco al llamar a su documental astronauta liberado (como la canción que Zé desechó y Os Mutantes reaprovecharon) pues esa misma letra lo define mejor que nada, citando: soy compañero del futuro en la reluciente galaxia / en los brazos del año 2000 / nací sin tener edad. Porque, sin duda alguna, Tom Zé no es un ser de éste planeta.
Los anales de la historia contemplan a Tom Zé como miembro del Tropicalismo, que fue como se llamó al movimiento que se generó en torno al año 68 (año incendiario por antonomasia), cuando en Brasil se hacía una de las músicas más vanguardistas del momento (y que lo sigue siendo en la actualidad, si nos apuran). Los chavales de provincias empuñaron guitarras eléctricas y abrazaron rock y psicodelia para escándalo de los tradicionalistas de la música popular brasileña. Y dentro de un movimiento de excéntricos, en el que habitaban los electrizantes discos de Caetano Veloso, la locura multicolor de Os Mutantes y la garra de Gilberto Gil, Tom Zé era el raro. Siempre más allá. Siempre arriesgándose hasta el límite, y siempre con la intención de hacer música para el pueblo.
Con los 72 años que tiene encima Tom Zé en el momento de este film, se mueve como si fuese un adolescente, salta, se arrastra y chilla. Sale a escena con extravagantes atuendos, tiene una guitarra marciana fabricada por el mismo y es en sí mismo una revolución andante. El documental, partiendo de un curso que dio en la Laboral, en Gijón, también refleja sus encuentros con jóvenes universitarios con quienes comparte una militancia sin fisuras (recordemos que no tiene edad), y contiene entrevistas a críticos brasileños, a la serena Neusa, mujer y manager de Zé, e incluso a Rita Lee (quizás algo aficionada al bótox) de Os Mutantes. También hay imágenes de archivo, que nos brindan la oportunidad de contemplar cómo fue inventado el sampler, en un rudimentario artefacto que hizo con timbres de puerta y magnetófonos, cómo hacía una crónica periodística cantada en sus inicios, y cómo era capaz de hacer música como un obrero que trabaja: con soldadores, martillos y serruchos, y con la inquebrantable vocación de que su música “pueda ser oída mientras se friega los platos”. Pues, como afirma en las imágenes de un programa de televisión:”tengo un empleo formal”: trabaja para 40.000 personas, hace un disco cada cuatro años, y ellos dictaminan si les gusta o no.
Y es precisamente por captar a la perfección la esencia del personaje por lo que ésta película sale victoriosa. La especie de mezcla de extraterrestre, genio y predicador que es Tom Zé consigue, por momentos, que se sienta el impulso de levantarse y aplaudir. O, que ante el 80% de las palabras que pronuncia, den ganas de gritar: “¡así se habla!”. Porque es un clarividente que sin perder un ápice de sentido del humor (y de hecho siendo muy divertido), no puede dejar de emocionar con las verdades como puños que suelta sobre el sistema inclemente que mueve los hilos del mundo en que vivimos. En 1968 ya cantaba sobre Sao Paulo algo que se puede aplicar a cualquier ciudad de nuestros días: son 8 millones de habitantes/ aglomerada soledad/ por mil chimeneas y automóviles/ gaseados a plazos. Disfrutemos, pues, de Tom Zé antes de que vuelva a subirse a su nave espacial y nos abandone.
miércoles, noviembre 03, 2010
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1 comentarios:
¡Pues a seguir escribiendo desde el entusiasmo!
Tengo que ver este documental, con lo que me gusta Tom Zé.
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