Si, puede.
Si no, al menos, puede ser la idea que tengo de mi hermano. La película es Paranoid Park, y los hechos que ocurren en ella (aclaro), no tienen nada que ver con mi hermano.
Por cuestiones geográficas, estuve sin ver apenas a mi hermano de sus 7 a sus 12 años. Luego le recupere, entre los 12 y los 16. En cierto modo, aunque siga cumpliendo años, para mi sigue teniendo 16.
Mi hermano patina. Y patinar no es una diversión, sino que es la vida. Si se es skater en el alma, la vida es eso mismo. En la foto de arriba, casi seguro que lo que mira por debajo del encuadre es su tabla. No sólo por tener algunas de las imágenes más bonitas de gente patinando que he visto Paranoid Park es mi hermano. Lo es también porque ese sentimiento submarino de sus imágenes, ese protagonista que vive como en su propia burbuja me recuerda al hermetismo que le acompaña. Es como si nada pudiese alcanzarle, siendo al mismo tiempo un ser vulnerable y en peligro constante. La sensación es la de cuando me quedo mirando sin ver un punto fijo, con la cabeza en el limbo. Una especie de estar sin estar del todo.
No hablamos mucho, salvo cuando nos vemos físicamente, pero de algún modo estamos ahí. Viendo videos de skate, o como la vez aquella que fuimos a ver esa película de gente que patinaba en piscinas vacías. O como aquel día en que, con 12 años, le dejé tirado en un autobús de camino a Boadilla, y lo guardamos en secreto ante nuestros padres. O yendo a Colón, yo sentada mirando o a haciendo fotos mientras el patinaba. O muertos de risa viendo concursos absurdos de una televisión local de Albacete. O escuchando a los Misfits. O hablando de nuestras cosas sin más. No es fácil llegar a él, pero se llega.
Es por eso que no me ofende oír a Elliot Smith en la banda sonora. De algún modo, no es una impostura sino que es verdad.
Y del mismo modo que mi generación está más en Mi Idaho Privado, la suya está en Paranoid Park, al menos en lo que a él concierne. Y pienso en una posible posteridad en la que eso se vea, y me alegra que haya quedado reflejado de esa manera tan precisa.
Y me alegra que el cine sea capaz de ser algo muy parecido al eter, que no se puede atrapar ni definir muy bien, una forma de ser, un estado mental o un sentimiento. En este caso, me emociona que el cine pueda ser mi hermano, que ahora mismo está en otro continente, océano mediante, ajeno a todo esto.
Si no, al menos, puede ser la idea que tengo de mi hermano. La película es Paranoid Park, y los hechos que ocurren en ella (aclaro), no tienen nada que ver con mi hermano.
Por cuestiones geográficas, estuve sin ver apenas a mi hermano de sus 7 a sus 12 años. Luego le recupere, entre los 12 y los 16. En cierto modo, aunque siga cumpliendo años, para mi sigue teniendo 16.
Mi hermano patina. Y patinar no es una diversión, sino que es la vida. Si se es skater en el alma, la vida es eso mismo. En la foto de arriba, casi seguro que lo que mira por debajo del encuadre es su tabla. No sólo por tener algunas de las imágenes más bonitas de gente patinando que he visto Paranoid Park es mi hermano. Lo es también porque ese sentimiento submarino de sus imágenes, ese protagonista que vive como en su propia burbuja me recuerda al hermetismo que le acompaña. Es como si nada pudiese alcanzarle, siendo al mismo tiempo un ser vulnerable y en peligro constante. La sensación es la de cuando me quedo mirando sin ver un punto fijo, con la cabeza en el limbo. Una especie de estar sin estar del todo.No hablamos mucho, salvo cuando nos vemos físicamente, pero de algún modo estamos ahí. Viendo videos de skate, o como la vez aquella que fuimos a ver esa película de gente que patinaba en piscinas vacías. O como aquel día en que, con 12 años, le dejé tirado en un autobús de camino a Boadilla, y lo guardamos en secreto ante nuestros padres. O yendo a Colón, yo sentada mirando o a haciendo fotos mientras el patinaba. O muertos de risa viendo concursos absurdos de una televisión local de Albacete. O escuchando a los Misfits. O hablando de nuestras cosas sin más. No es fácil llegar a él, pero se llega.
Es por eso que no me ofende oír a Elliot Smith en la banda sonora. De algún modo, no es una impostura sino que es verdad.
Y del mismo modo que mi generación está más en Mi Idaho Privado, la suya está en Paranoid Park, al menos en lo que a él concierne. Y pienso en una posible posteridad en la que eso se vea, y me alegra que haya quedado reflejado de esa manera tan precisa.
Y me alegra que el cine sea capaz de ser algo muy parecido al eter, que no se puede atrapar ni definir muy bien, una forma de ser, un estado mental o un sentimiento. En este caso, me emociona que el cine pueda ser mi hermano, que ahora mismo está en otro continente, océano mediante, ajeno a todo esto.
3 comentarios:
Qué texto más bonito, Elena. Como hermano mayor, me siento identificado.
Hola Elena.
Qué bien que escribas aquí otra vez. Yo también me he sentido identificada con el texto.
¡Y gracias por descubrirme a Los Claveles!
¿Qué fue de los desayunos a domicilio?
Lola (rastros de maíz)
Hola Lola (y Carlos)
Gracias a ambos. Ahora vivo en Asturias, en una aldea, así que el reparto lo tengo complicado... Pero seguimos conspirando desde aquí, no preocuparse!
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