El Vacío más Kinky

domingo, julio 03, 2011

domingo, abril 24, 2011

jueves, enero 20, 2011

Un experimento

Después de largas cavilaciones, decidió utilizar las tablillas para hacer un refugio. Situado al lado del camino, el refugio enseguida empezó a llamar la atención. Un día un hombre llamó a su puerta, ofreciéndole un jugoso contrato a cambio de la construcción de primorosos refugios que serían utilizados para alojar a turistas. Fue entonces cuando tuvo la corazonada de que debía ahuecar el ala cuanto antes: no era posible que intentaran hacer pasar su choza, ante personas que hasta podrían ser sus parientes, por alojamientos de lujo cuando en realidad eran calabozos. Con la certeza de que la firma de este contrato le convertiría a él más que nunca en prisionero de su propia vergüenza, dejó a la masa de tablillas y al contratante con un palmo de narices, y se lanzó al camino. No sabía el purgatorio que le esperaba, como tampoco sabía el raro y fascinante lugar al que le llevaría.
Pero no fue el suyo un camino épico, ni mucho menos. Su camino empezó con una gran idiotez. Intentando ser delicado, desencadenó un asunto de enorme gravedad. Cuando seguía un sendero en una intrincada masa de árboles, al llegar a un claro se topó con un concierto. Para su sorpresa, el ejecutante estrella era un pulpo. O eso parecía: no se podía estar seguros, puesto que los pulpos sólo pueden respirar bajo el agua y a este no parecía molestarle estar fuera de ella, en ese escenario en medio del bosque. El lleno era colosal. Más tarde averiguaría que se trataba de un concurso para elegir al trovador que se encargaría del hilo musical del bosque el siguiente año. El pulpo era un profesional muy reputado por aquellas tierras, pero su sensibilidad no le permitía ver en la melodía del pulpo más que gorgoteos, golpes y chirridos temibles. Argumentando esto a quien tenía al lado, no tardó en causar un gran revuelo. ¿Quién era el que con sus remilgos pretendía desprestigiar al maestro pulpo?
Y fue así como, por culpa de la intolerancia a la crítica de aquellas gentes, nuestro héroe se vio condenado a ser lanzado desde una terraza, yendo a dar al más fangoso de los caminos de esta tierra.
Con el fango hasta las rodillas, caminó largamente sintiendo frío, y acordándose de la grata calefacción y del caldo de su hogar materno, que en su día consideraba una simple engañifa, agua tintada, y que hoy se le antojaba exquisito. El fango parecía no tener fin, y la idea de que alguien, milagrosamente, viniera a rescatarlo, se le hacía tan ajena que casi le hacía reír. El hambre y el frío le hacían tener pensamientos alucinados, hasta que se convenció de que, si hacía un simulacro de paso a otro mundo dorado y cálido, en el que una mano amiga tirase de él desde otra dimensión, lograría salir de ese calvario. La curiosidad, al tiempo escéptica y esperanzada, le hizo probar su simulacro, que llevó a cabo con grandes aspavientos. Cuál no sería su sorpresa cuando, al extender la mano con toda la fuerza de su espíritu, ésta encontró un asidero y se vio a sí mismo en una verde pradera bañada por el sol de los primeros días de verano, junto a una mesa sencillamente dispuesta con un mantel a cuadros y deliciosas viandas para su disfrute. Junto a él, estaba el artífice de tal milagro: el dinamarqués del trombón, rubicundo y afable, siempre con su alegre instrumento de viento a cuestas. Fue, de hecho, en una de las idas y venidas de las varas de su trombón, que éstas coincidieron con la ansiosa mano de nuestro sufrido protagonista. Conversando animadamente con el trombonista dinamarqués, pronto fue dando cuenta de los panecillos dorados que cubrían la mesa, de las negras aceitunas y los rojos tomates, de los ricos aguacates y del zumo de arándanos.
Pronto hizo migas con el dinamarqués. Y más cuando éste le contó la curiosa historia en la que un encuadernador desenterró un mojón en China, para darse cuenta de que éste no era más que la puerta de entrada de un túnel que llevaba al Capitolio. Como él mismo, el dinamarqués era un desterrado: sus nudillos hinchados por naturaleza habían hecho desconfiar a su comunidad, que decidió atarle con una cuerda a un enorme globo, con la idea de que se lo llevase el viento muy lejos. No obstante, la jugada les había salido mal, puesto que pretendiendo castigarle le habían hecho llegar a una paradisíaca tierra de abundancia.
Pero, al igual que él, el dinamarqués era un espíritu inquieto. Por su larga estancia en la pradera, sabía que cada tantas semanas la marea subía tanto que la orilla del mar llegaba hasta donde estaban sentados ahora mismo. Su idea era realizar una extensa investigación en alta mar, aprovechando para embarcarse una de las mareas altas. Sin embargo, no podía hacerlo sólo: necesitaba un ayudante o, más que eso, un socio, un cómplice. Fue entonces cuando le propuso acompañarle, por un azaroso viaje que les llevaría a un estrecho continente, tan estrecho que sus habitantes nunca podían estar a sus anchas.
Pero eso es otra historia.

miércoles, noviembre 03, 2010

Tom Zé

Acabo de desempolvar ésto que escribí hace ya un año, y me lo pongo aquí a modo de recordatorio de cómo escribir desde el entusiasmo. El mejor sitio desde el que se puede escribir.

Tom Zé astronauta liberado, de Igor Iglesias

Hay que ir a ver Tom Zé astronauta liberado. Esta es una afirmación tajante y categórica, y lo es porque es un milagro ver cómo Tom Zé, simplemente, existe. Para quien esté familiarizado con el brasileño, será un placer reencontrarse con él. Para quien no lo conozca, decir que Igor Iglesias dio justo en el blanco al llamar a su documental astronauta liberado (como la canción que Zé desechó y Os Mutantes reaprovecharon) pues esa misma letra lo define mejor que nada, citando: soy compañero del futuro en la reluciente galaxia / en los brazos del año 2000 / nací sin tener edad. Porque, sin duda alguna, Tom Zé no es un ser de éste planeta.

Los anales de la historia contemplan a Tom Zé como miembro del Tropicalismo, que fue como se llamó al movimiento que se generó en torno al año 68 (año incendiario por antonomasia), cuando en Brasil se hacía una de las músicas más vanguardistas del momento (y que lo sigue siendo en la actualidad, si nos apuran). Los chavales de provincias empuñaron guitarras eléctricas y abrazaron rock y psicodelia para escándalo de los tradicionalistas de la música popular brasileña. Y dentro de un movimiento de excéntricos, en el que habitaban los electrizantes discos de Caetano Veloso, la locura multicolor de Os Mutantes y la garra de Gilberto Gil, Tom Zé era el raro. Siempre más allá. Siempre arriesgándose hasta el límite, y siempre con la intención de hacer música para el pueblo.

Con los 72 años que tiene encima Tom Zé en el momento de este film, se mueve como si fuese un adolescente, salta, se arrastra y chilla. Sale a escena con extravagantes atuendos, tiene una guitarra marciana fabricada por el mismo y es en sí mismo una revolución andante. El documental, partiendo de un curso que dio en la Laboral, en Gijón, también refleja sus encuentros con jóvenes universitarios con quienes comparte una militancia sin fisuras (recordemos que no tiene edad), y contiene entrevistas a críticos brasileños, a la serena Neusa, mujer y manager de Zé, e incluso a Rita Lee (quizás algo aficionada al bótox) de Os Mutantes. También hay imágenes de archivo, que nos brindan la oportunidad de contemplar cómo fue inventado el sampler, en un rudimentario artefacto que hizo con timbres de puerta y magnetófonos, cómo hacía una crónica periodística cantada en sus inicios, y cómo era capaz de hacer música como un obrero que trabaja: con soldadores, martillos y serruchos, y con la inquebrantable vocación de que su música “pueda ser oída mientras se friega los platos”. Pues, como afirma en las imágenes de un programa de televisión:”tengo un empleo formal”: trabaja para 40.000 personas, hace un disco cada cuatro años, y ellos dictaminan si les gusta o no.

Y es precisamente por captar a la perfección la esencia del personaje por lo que ésta película sale victoriosa. La especie de mezcla de extraterrestre, genio y predicador que es Tom Zé consigue, por momentos, que se sienta el impulso de levantarse y aplaudir. O, que ante el 80% de las palabras que pronuncia, den ganas de gritar: “¡así se habla!”. Porque es un clarividente que sin perder un ápice de sentido del humor (y de hecho siendo muy divertido), no puede dejar de emocionar con las verdades como puños que suelta sobre el sistema inclemente que mueve los hilos del mundo en que vivimos. En 1968 ya cantaba sobre Sao Paulo algo que se puede aplicar a cualquier ciudad de nuestros días: son 8 millones de habitantes/ aglomerada soledad/ por mil chimeneas y automóviles/ gaseados a plazos. Disfrutemos, pues, de Tom Zé antes de que vuelva a subirse a su nave espacial y nos abandone.

viernes, julio 02, 2010

Cómo hacer un fanzine

Cómo hacer un fanzine from Elena Duque on Vimeo.


Otro stop motion que he hecho, película educativa para Autoplacer, festivalillo de la autoedición que hubo en la CA2M de Móstoles, organizado por el colectivo Sindicalistas. La película iba acompañando a los encantadores simios de Jerseys para los Monos.

sábado, mayo 08, 2010

Por el monte

Así se llama esta peliculita que hice, stop motion de fauna doméstica y  botones salvajes:

Por el monte from Elena Duque on Vimeo.


Y, de paso, otro regalo:

EL VAGO
Pío Baroja

Apoyado en una farola de la Puerta del Sol, mira entretenido pasar la gente
Es un hombre ni alto ni bajo, ni delgado ni grueso, ni rubio ni moreno; puede tener treinta años y puede tener cincuenta; no está bien vestido, pero tampoco es un desarrapado.
¿Qué hace? ¿Mira algo? ¿Espera algo? No, no espera nada. De vez en cuando sonríe; pero su sonrisa no es sarcástica, ni su mirada es oblicua.
No es un tipo de Montenpín. No tiene los ojos impasibles y la nariz también impasible, que se necesita para ser un satánico. ¿Es algún empleado? No ¿Tiene rentas? Tampoco ¿Alguna industria? ¡Pschh! Casi, casi es una industria vivir sin trabajar.
Vamos, es un vago. Si, es un vago. Ya veo a los catones de las tiendas de ultramarinos indignarse contra ellos, usando la prosa estúpida de un confeccionador de artículos de periódico de gran circulación. El vago, para todos esos moralistas, es casi un criminal.
El mío, ese de quien hablo, seguramente no lo es; tiene la mirada profunda, la boca burlona, el ademán indolente.
Mira como un hombre que no espera nada de nadie.
Es un espectador de la vida; no es un actor.
Es un intelectual.
Un vendedor de periódicos se acerca al farol donde se apoya el vago, y se recuesta en él.
Un farol puede sostener dos espaldas

***

Un vago apoyado en un farol es motivo de reflexión. El farol, la ciencia, la rigidez, la luz; el vago, la duda; la indecisión, la sombra.
¡Glorificad a los faroles! ¡No desprecies a los vagos!
Alguno dirá: ¡bah!, ser vago, cosa facilísima. Error; error profundo; ser vago es casi ser filósofo, es algo más que ser un cualquiera.
¿Qué hay vagos a patadas? ¡Que ha de haber! Teneis en la clase alta, gomosos, clubman, sportman; más o menos elegantes, más o menos smart y hasta snobs, si quereis. Todos esos son átomos brillantes de la atmósfera de imbecilidad que recubre a este planeta que habitamos, pero no son vagos. No hay más que mirarlos; andan de prisa, dando zancadas, como si en la vida hubiese algo que valiese la pena de correr, y van siempre pensando en algún caballo, en alguna mujer, en algún perro, en algún amigo, o en otra cosa sin importancia de la misma clase. En las otras capas o costras sociales hay empleados, estudiantes, mendigos, maletas y demás morralla; pero tampoco son vagos perfectos, porque no dejan correr la vida; la emplean en tonterías, en cosas mezquinas; no se dejan arrastrar por el far niente, como el vago tipo, al cual no se le puede achacar más que esa pequeña debilidad de perder la afición al trabajo en la flor de la juventud.
El vago será un bagatela; pero no es una escoria. Un bagatela puede ser trascendental, y una cosa trascendental puede ser baladí. Inventar un juguete demuestra tanto ingenio como inventar una máquina. Tan constructor me creo yo que he hecho, en colaboración con un amigo, un tranvía eléctrico de cartón que se mueve a veces, como si hubiera hecho uno de veras.
Idear una catedral será una gran cosa; pero idear una rana de papel tampoco es despreciable.

***

El vago del farol y yo nos conocemos, y nos hablamos.
Me protege. Es un hombre que no saluda a nadie. Debe tener pocos amigos; quizá no tenga ninguno. Señal de inteligencia. El mayor número de amigos marca el grado máximo en el dinamómetro de la estupidez. Creo que es una frase.
¿A inteligente? No le gana nadie.
Se le habla de política… sonríe, se le habla de literatura… sonríe,; se le habla de cualquier otra cosa… sonríe.
El otro día me dijo uno de él que debía ser un imbécil.
Pero es lo que pasa en estas sociedades sin freno; se empieza a hablar mal de las personas serias, y se llega a hablar mal hasta de los vagos…

jueves, abril 22, 2010

Un ser resistente

No es un amable sendero aquel que transita el que dice que no. Decir que no implica muchas, muchísimas molestias, hasta el punto que, claramente, ser vagabundo es quizás el oficio más duro del mundo. Estar siempre alerta y preocupado por la pura subsistencia cansa, sin duda.

Esto de escribir en un blog es un poco, para mi, como si fuera aún más pequeña y me encontrase al pasear una piedra de color, una hojita, una rama, y corriese a enseñárselo a todo el mundo, esperando que alguien más se maraville conmigo. Lo que me encontré hoy es Sin techo ni ley, una película de Agnes Varda de 1986.

Está muy bien que nada más empezar la película se sepa cuál va a ser el destino de la protagonista. Elimina tensiones innecesarias, y evita prestar atención a lo que no merece la pena. También es de agradecer que Agnes se abstenga de hacer un juicio, o de intentar tender trampas sentimentales al espectador. Es una muestra de respeto el dejar que cada uno saque sus conclusiones, y sienta de forma natural lo que sea que le inspire la película.

Sandrine Bonnaire, que es quien hace el papel de Mona, es como un animalito. No se sabe de dónde sale, y la cogemos, como la cámara hace muchas veces, como si coincidiéramos con ella en un punto cualquiera del camino. Tampoco va a ningún sitio en concreto, simplemente vive en el camino.

Se mueve con la libertad del que no tiene nada. Y todos con los que coincide como vienen se van, pues relacionarse de forma permanente con cualquier ser humano es imposible cuando se quiere seguir resistiendo. Acomodarse en un nido cálido y confortable no es una opción.


Mona se rebela y dice que no a todo. Pero es engañoso pensar que la rebelión implica tener un plan de acción, o saber cómo exactamente se debe o se quiere vivir. Como un animalito, se retuerce ante todo lo que no quiere ser y huye a ciegas. Pero tiene el gran valor de huir y, sobre todo, aceptar plenamente todas las consecuencias que eso tiene.

Cuando tiene sueño, duerme, cuando tiene hambre o sed, se procura comida. Cuando quiere moverse, se procura un medio de transporte. Cuando quiere un amante o un cigarrillo, los busca. Y no concede ni un ápice de zalamería a ningún benefactor, pues sabe que son intercambiables. Y porque eso sería demasiado parecido a servir a un patrón.


Su existencia cuestiona la forma de vivir de todos con los que se cruza, cosechando reacciones que van de la mala conciencia o el ideal romántico al asco o al simple miedo. Por supuesto, no logra evadir todo el tiempo esa cosa molesta de ser una chica, que es que se la considere un objeto bonito del que se puede disponer libremente para el solaz, añadiendo un punto de indefensión más que no se tendría de no serlo.


Sin techo ni ley habla un poco de lo difícil que es ser, sin más. De lo complicado que es que le dejen a uno en paz, incluso cuando se está dispuesto a soportar la penuria o la soledad. No hay drama, no hay conflicto, más que las pequeñas emociones que conlleva de por sí cualquier vida. En medio del campo, en una carretera, en una mansión abandonada. Sin antes o después, sólo ahora. Como ella misma dice:


Eso, y que siempre hay que preferir los botones a las cremalleras.